Iglesia y Convento de la Santísima Trinidad


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25 de enero

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San Miguel de los Santos
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11 de abril

Ntra Sra del Rosario de Fatima
13 de mayo

San Pascual Bailón
17 de mayo

Sagrado Corazón de Jesús
12 de junio

San Antonio de Padua
13 de junio

San Luis Gonzaga
21 de junio

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San Ignacio de Loyola
31 de julio

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Beato Marcos Criado
24 de septiembre

San Simón de Rojas
28 de septiembre

Santa Teresa del Niño Jesús
1 de octubre

Santos Ángeles Custodios
2 de octubre

Ntra Sra del Buen Remedio
8 de octubre

Santa Teresa Jesús
15 de octubre

San Judas Tadeo
28 de octubre

San Félix de Valois
4 de noviembre

Beato Santos Álvaro Cejudo
6 de noviembre

Mártires trinitarios
6 de noviembre

Santa Catalina de Alejandría Virgen y Martir
25 de noviembre

San Nicolas de Bari
6 de diciembre

Inmaculada Concepción
8 de diciembre

San Juan de Mata
17 de diciembre

Ntro padre Jesús Nazareno Rescatado

Nuestro Padre Jesús atado a la columna
El origen de este templo
Con frecuencia se ha fechado la fundación del convento en 1625, fecha que recogió Pascual Madoz en su Diccionario y que se ha difundido hasta nuestros días. Sin embargo, esta fecha no aparece en ningún documento histórico de la época: la historia documentada de la fundación comienza en 1632.
Su fundación surgió por iniciativa del matrimonio alcazareño formado por Juan Guerrero Portanova y Bernarda de Úbeda y Román, a raíz de la predicación en la villa de una cuaresma a cargo de los frailes trinitarios descalzos —la orden reformada por San Juan Bautista de la Concepción—, en 1632. Quizá el interés de este matrimonio en establecer el Convento fuese en agradecimiento a la curación milagrosa que tuvo D. Juan Guerrero, siendo de poca edad, por medio de Nuestra Señora de Gracia, patrona de los Trinitarios. Así se cuenta en la Crónica Trinitaria de 1706: “D. Juan Guerrero hacedor del Patronato en la Capilla Mayor del Convento, siendo de poca edad, padeció una tan grande enfermedad, que quitó a todos sus esperanzas de que viviese. Ofreciéronle sus afligidos Padres a nuestra Señora de Gracia, y estuvo bueno, con admiración de los médicos, que afirmaron había sido evidente milagro”. Como dato curioso, Francisco Mazuecos recoge la tradición de que todo surgió a partir de la llegada a Alcázar de un fraile trinitario que era relojero y vino a arreglar el reloj de la ciudad, situado en la torre de Santa Quiteria, aunque no existe fuente histórica que confirme este hecho.
Aunque el Concejo respondió favorablemente, el 14 de marzo de 1633, a la solicitud y autorización para proceder a la fundación, no faltaron dificultades para llevarla a cabo, al contar de inmediato con cierta oposición: estaba, por una parte, la resistencia de algunos clérigos y miembros de las Justicias y Regimiento de la villa que, con fecha de 18 de diciembre de 1633, rechazan la fundación por considerarla innecesaria y gravosa; y estaba, por otra, la resistencia de los franciscanos del Convento de San Francisco y del mayordomo del Convento de Santa María del Monte, casa de formación del Gran Priorato de Castilla y León de la Orden de San Juan: ambos consideraban improcedente la fundación de un nuevo convento de Mendicantes, que había de mantenerse a expensas de una población de poco más de dos mil vecinos, en la que ya había tres conventos (uno de ellos muy pobre: el de la Concepción) y sobreabundancia de clero (ochenta y seis sacerdotes seculares y setenta frailes franciscanos, de los que cuarenta eran sacerdotes), y que contribuía también al sustentamiento de los nueve conventos de Mendicantes existentes en la comarca, todos los cuales acudían a pedir limosna a la villa alcazareña. En efecto, en el primer tercio del siglo XVII había en Alcázar tres conventos, todos ellos de inspiración franciscana: el de San Francisco, fundado en 1532, contaba entonces con setenta franciscanos; el de Santa Clara, fundado en 1564, se quedó pronto pequeño, por lo que en 1601 surgió para su comunidad el Monasterio de San José; a ellos se sumaba el de la Concepción. Todos vivían de la limosna, como dictaba su condición mendicante.
D. Juan Guerrero se mostró dispuesto, según consta en un consejo de 1638, a hacer una donación de 7.500 ducados para la construcción del Convento; pero el Consejo veía que esta cantidad sería insuficiente y que tendrían que apelar a la generosidad del vecindario.
Pero las dificultades mayores habían de venir de otro frente: conseguido el visto bueno del Ayuntamiento alcazareño y del cabildo de Santa Quiteria, se hicieron las necesarias gestiones para la fundación ante el Gran Prior de la Orden de San Juan, que concedió la oportuna licencia, y ante el Papa Urbano VIII, quien firmó la bula correspondiente. Sin embargo, el 31 de diciembre de 1634 la Junta que se encargaba de la administración de las rentas del Priorato se declaraba contraria a la nueva fundación, aduciendo, además de las razones expuestas por los franciscanos y Santa María del Monte, el notable incremento que en los últimos años se había producido en el patrimonio eclesiástico, en perjuicio de la Real Hacienda, cosa que se vería acrecentada con el establecimiento del convento de trinitarios, que podía adquirir y tener propiedades muebles e inmuebles. El proyecto quedó paralizado, y en 1645 el Real Consejo de Órdenes se negó a dar su aprobación a la fundación.
Ante esta dificultad, que parecía insalvable, siguieron nueve años de contradicciones y pleitos: “Fue esta fundación una de las que le ha costado a la Orden mayores trabajos, habiendo durado nueve años las contradicciones y estorbos”, según el cronista trinitario Lucas de la Purificación. La fundación llegó a convertirse en un verdadero problema de Estado, hasta el punto de que el historiador Antonio Domínguez Ortiz la escogió como paradigma de conflicto de competencias en su clásica obra La sociedad española en el siglo XVII.
No todo fueron malas noticias en esos años: en 1640 consiguieron fundar un hospicio en la villa, un primer paso. En él asistió algunos años un hermano lego de singular virtud, llamado Fr. Alonso de San Bernabé, que empleaba su vida en enseñar a los niños la doctrina cristiana y a todos el temor santo del Señor, y cuyo consuelo era una imagen pequeña de Nuestra Señora, a quien pedía continuamente el buen suceso de la fundación.
Para vencer todos estos pleitos contaron con la ayuda del venerable Padre Fr. Tomás de la Virgen (1587-1647), nieto-sobrino de Santo Tomás de Villanueva, postrado en la cama por una grave enfermedad durante treinta y cuatro años pero que, aun así, no dejó de trabajar desde allí para conseguir la ansiada fundación. Según cuentan los cronistas trinitarios, tuvo una revelación en la que se le aseguraba que la fundación saldría adelante, convencimiento que dejó reflejado en una carta fechada el 15 de abril de 1635 y firmada en Alcázar.
Los frailes trinitarios acudieron también a los reyes de España. La intercesión del venerable Fr. Tomás de la Virgen ante la Reina Isabel de Borbón (1602-1644), esposa de Felipe IV, fue clave para obtener la concesión de la licencia, pues la Reina tenía en gran estima a la Orden Trinitaria: “no se hubiera conseguido, si esta Señora no tomara la mano como lo hizo; y estando ya en la cama con la enfermedad de que murió escribió al Consejo un papel, para que nos concediese la licencia, y con tan alto patrocinio o imperio, le consiguió lo que pretendía”.
Sin embargo, D. Juan de Austria (1629-1679), hijo de Felipe IV, que entonces ocupaba el cargo de Gran Prior de la Orden de San Juan, seguía sin ver con buenos ojos esta fundación, y así lo hizo constar el 8 de julio de 1645: “He mandado al Concejo que no pase adelante esta fundación, ni tenga efecto”. En el legajo 567 de los Fondos del Infante D. Gabriel del AHPR se conserva la autorización de los Señores de Justicia y Regimiento, en 1633, para que se proceda a la fundación, junto con el citado escrito del Secretario de Su Majestad y de Cámara de D. Juan de Austria.
Aunque no se sabe si esta denegación llegó con tiempo suficiente al Concejo o si los trinitarios hicieron prevalecer la licencia de la Reina, lo cierto es que fundaron el convento y colocaron el Santísimo el 27 de octubre de 1645. Esto provocó que el Priorato actuase rápidamente: en menos de un mes, el 21 de noviembre, desalojó a los frailes de su recién estrenado convento. En opinión de los cronistas, los despojaron de su posesión con violencia y sin dar razones.
Una vez más comenzaron los pleitos, y hubo que acudir a la más alta instancia, el Rey Felipe IV, a quien las guerras de Cataluña habían llevado a Zaragoza. Allí recibió cartas del venerable Padre Fr. Tomás de la Virgen y, asegurado de que podía en justicia conceder lo que en ellas se pedía, mandó despachar su Real Cédula en 1646, en la que confirma y concede a la Orden un entero archivo de privilegios. Esta Real Cédula la confirmó después Carlos II el 16 de septiembre del mismo año, y nuevamente fue favorecida la Descalcez con la misma gracia por Felipe V.
Gracias a la Real Cédula pudieron ganar la sentencia y recuperar definitivamente la posesión el 14 de julio de 1648. Su principal bienhechor, D. Juan Guerrero Portanova, familiar del Santo Oficio, donó 7.200 ducados para fundar el convento con la condición de ser enterrado en la Capilla Mayor y disfrutar de una serie de prerrogativas eternamente en recuerdo de su memoria. (Archivo del Palacio Real de Madrid, Infante don Gabriel de Borbón, Secretaría, leg. 30. Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real, Hacienda, Clero, Caja 798).
Mientras el convento no era habitable, los padres trinitarios descalzos estuvieron establecidos en torno a la ermita de San Sebastián, gracias a la colaboración del mencionado D. Juan Guerrero.
El traslado y la construcción de la iglesia
A partir del 6 de septiembre de 1648 se trasladó el Convento al lugar que ocupa la actual Iglesia de la Santísima Trinidad. La calle, antes llamada Aguado, pasó a llamarse Trinidad, nombre que conserva hoy. Fue un gran día de fiesta: la Iglesia Parroquial de Santa Quiteria, en cuya feligresía está el Convento, dispuso una solemnísima procesión, celebráronse fiestas públicas, y los Patronos de una parte de la Capilla Mayor, D. Juan Guerrero Portanova y su digna esposa Dª Bernarda de Úbeda, gastaron más de 1.000 ducados con generosa liberalidad.
Lo primero que se colocó en la iglesia dispuesta entonces —faltaría más de medio siglo para verse construida— fue una imagen de escultura de Nuestra Señora de Gracia, bajo cuya advocación se puso el templo. La imagen de Nuestra Señora de Gracia está presente en todos los conventos trinitarios, pues es la patrona de la Orden Trinitaria. En el nuevo templo, recién inaugurado, se le dedicó la primera capilla del lado de la Epístola. Pronto el pueblo alcazareño se acogió bajo su protección pidiéndole innumerables favores, y muchos fueron concedidos, por lo que se la tuvo por muy milagrosa.
El Padre Fray Francisco de la Concepción fue el primer religioso que se puso al frente del nuevo convento, que comenzó con mucha escasez. Más adelante, los Padres Fray Diego de Jesús María, Procurador General de la Orden en España en 1706, y Fray Antonio de San Félix hicieron casi toda la iglesia nueva. El templo se inauguró el 7 de octubre de 1703, bendecido y regentado por Trinitarios Descalzos, sin duda con la determinante ayuda económica del por entonces Arzobispo de Toledo, D. Luis Manuel Fernández Portocarrero, Primado y Regente de España a la muerte de Carlos II. Ese día se hizo otra procesión con traslado del Santísimo y con una ostentación similar a la que se dio en 1648.
Esta construcción, de estilo barroco, se dedicó a Nuestra Señora de Gracia y con ella se unió Alcázar a la reforma trinitaria de San Juan Bautista de la Concepción. En la fachada aparece el año 1725 grabado en la piedra: muchos consideran que fue posiblemente el año en que se finalizó por completo la iglesia. En el interior del templo se conservan pinturas que podrían corresponder a un religioso trinitario, así como un retablo barroco decorado con rocallas.
El gran benefactor del convento, D. Juan Guerrero Portanova, otorgó testamento en 1657 legando una gran herencia a dos sobrinos. Uno de los motivos por los que este hidalgo alcazareño donó tan generosa cantidad al convento fue el de que sus restos reposasen en la Capilla Mayor, como ya se ha mencionado; es de suponer que los trinitarios cumpliesen la voluntad de su benefactor.
Supresión y restauración
El convento fue suprimido en 1821, debido a las disposiciones religiosas del Trienio Constitucional y tuvieron que exiliarse en Socuéllamos.
El convento y la Orden no escapan de la Desamortización de Mendizábal. El edificio se sacó a pública subasta, su valor de tasación fue de 11.697,29 ptas. y al no haber comprador, la administración local autorizó a varios vecinos para que lo habitasen. El convento fue cerrado y la Orden quedó extinguida en nuestro país, refugiándose algunos religiosos en el Convento de San Carlino de Roma.
El 26 de febrero de 1836, las llaves fueron entregadas al alcalde de Alcázar y al vicario de la Diócesis y el edificio se sacó a pública subasta, pero nadie lo adquirió, por lo que se dio permiso a varios vecinos para que lo ocupasen.
En la iglesia se venera la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, cuya devoción está documentada desde muy pronto: en 1713, el P. Melchor del Espíritu Santo, cronista de la Descalcez, cita en su obra El Diamante Trinitario las imágenes más renombradas de la Orden, “en Viena; en Sevilla —que es el imán de todos los corazones de toda aquella populosa ciudad—; en Alcázar de San Juan, donde con especial culto es venerada”. A ella donó la reina Isabel II una túnica bordada en oro. La inscripción dice así: “SS.MM. los Reyes Católicos Doña Isabel II y Don Francisco de Asís a Nuestro Señor Jesús Nazareno venerado en la Iglesia de Trinitarios de Alcázar de San Juan- Madrid- 1861”.
Para la Orden Trinitaria, Alcázar de San Juan es uno de sus más gloriosos conventos, pero ante todo, este convento está indisolublemente unido al hecho de ser la primera casa de la Restauración. Su promotor fue un hijo de la villa: el Padre Félix Coronado y Beteta, nacido hacia 1815 en la calle de la Trinidad. La desamortización lo sorprendió estudiante en Alcalá de Henares: exclaustrado y apresado, pasó dos años en el penal de Ceuta. Siendo después Capellán de Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, fue ahorrando para destinarlo a la reparación del Convento de Alcázar, su pueblo natal, y al partir a Roma —donde se hallaba el único convento trinitario que había quedado— para gestionar el retorno de los frailes, dejó a las monjas Trinitarias de Madrid unas quince mil pesetas con la indicación de que serían destinadas a la reparación del Convento de Alcázar, por si moría en el camino. Volvió con la certeza de que los frailes vendrían a España a restaurar la Orden, empezando por el Convento de Alcázar de San Juan, que sería el primero restaurado. Consiguió del primer obispo de la diócesis, D. Victoriano Guísasola y Rodríguez, la devolución de la iglesia, y de las autoridades civiles la del convento, que llevaba muchos años habitado por numerosas familias del pueblo. El tesón del Padre Félix lo fue allanando todo: hizo las obras de reparación valiéndose de Ángel Galán, padre del también maestro albañil Gregorio Galán, y así, tras un angustioso y largo período de 43 años de ausencia, a mediados de mayo de 1879 se abrían de nuevo las puertas de la Casa de la Trinidad, entonando el Padre Félix el Tedeum de acción de gracias. Antes de cumplirse un año de la restauración de la Orden en Alcázar, entregó su alma a Dios. Durante los años de exclaustración, algunas dependencias del convento se dedicaron a viviendas para personas necesitadas y otras llegaron a ser utilizadas como escuelas municipales.
(Bibliografía: Crónicas Trinitarias de la Orden de la Santísima Trinidad Descalza, 1706; Lucas de la Purificación; Antonio Domínguez Ortiz, La sociedad española en el siglo XVII; Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España; Rafael Mazuecos Pérez-Pastor, Hombres, Lugares y Cosas de La Mancha, fasc. VII, 1956; Francisco Antonio Mazuecos, Revista de Semana Santa de Alcázar de San Juan.)
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