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Iglesia y Convento de San Francisco

Iglesia y Convento de San Francisco

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San Francisco pertenece a la provincia franciscana de la Inmaculada Concepción.

El origen de este templo

Sobre la puerta de entrada se lee en una inscripción latina: “Obra dedicada al Divino Francisco por mandato del Gran Prior de Castilla, D. Diego de Toledo, siendo Clemente VII Pontífice Máximo y Rey, Carlos V Príncipe de las Españas, Año 1532, día 2 de marzo”. 

Don Diego de Toledo, Gran Prior de San Juan y Duque de Alba, devoto de la Orden Franciscana, dio licencia, cuantiosas limosnas y un terreno adecuado para la fundación del Convento de San Francisco. Además buscó que funcionase como Universidad dotada con estudios de Filosofía y Teología para religiosos y seglares.

Pero no fue el único benefactor: consta en varios documentos que todos los vecinos de Alcázar ayudaron con diferentes limosnas a la fundación, unos con dinero, otros con sus carros y otros con sus manos. Se dice, por tradición oral, que para conducir las tejas del edificio desde la tejera, situada a media legua de la población, se formó un cordón de hombres y mujeres que las fueron pasando de mano en mano. El 2 de marzo de 1532 tomó posesión del sitio, el R.P. Fray Juan del Espejo, Superior del convento de Cuenca. 

El convento se componía de cuatro cuerpos o crujías de tres pisos que formaban cuadro con un patio en el centro y claustros de unos quince metros; los huecos tenían cuatro metros de altura con medio punto los de la planta baja. Tenía 150 celdas, además del noviciado, salones, sala Capitular refectorio, matadero, huerta y otras dependencias, que llegaban hasta la Travesía de la Mina, formando la iglesia y el convento una sola manzana.

El cronista de la Orden Franciscana describía así la villa al narrar la fundación: «Esta villa de Alcázar de San Juan es un pueblo de mucha reputación en toda La Mancha, muy rico y muy poblado, pues alcanzará su población a dos mil vecinos (ocho o nueve mil habitantes)… Ha producido en todo tiempo hombres ilustres en Santidad, Letras y Armas». Del mismo relato es esta imagen de la villa: «…y sobre este punto de jurisdicciones están divididos los pareceres de pueblo, con demasiado, si no ya con extremadísimo afecto, abogando unos en favor de la jurisdicción archiepiscopal y otros por la de la Orden; pero todos con mucho exceso de posición…».

Hijo ilustre del convento fue el franciscano Fray Juan de Aguilera, nacido en Alcázar de noble familia, “varón de mucha autoridad y crédito” que durante 34 años gobernó las principales casas de la Provincia de Cartagena. A petición de Felipe II acompañó al Marqués de Cañete al Perú, comisionado para asuntos religiosos: “Yo truje un fraile de la Orden de San Francisco en mi compañía, que se llama Fray Juan de Aguilera, y por tener autoridad en su Orden, le encargaron en Sevilla y dieron facultad de Comisario General de este Reino”, escribió el Marqués al Emperador el 3 de noviembre de 1556. Presidió el Capítulo Provincial celebrado en Lima en 1556, fue dos veces Provincial de la Orden y, como tal, acudió al Capítulo General de Valladolid de 1565, donde se le nombró Comisario General de la Curia Romana, oficio que desempeñó durante seis años mereciendo la estima y confianza del Pontífice San Pío V. El Marqués de Cañete le propuso para el Obispado de los Charcas.

Al convento se halla unido también el nombre del pintor y arquitecto alcazareño Miguel Barroso (1538-1590), que trabajó en El Escorial: en su testamento mandó decir sesenta misas por su alma en el monasterio de San Francisco de Alcázar y dispuso que, cuando su cuerpo fuera trasladado a esta iglesia, se le dijesen el oficio de cabo de año y todas las misas rezadas que se pudieran oficiar aquel día en San Francisco, encargándose del cumplimiento sus albaceas, su hermano Lucas de Soto y el que fue Obispo de Mondoñedo, Doctor Gutiérrez Mantilla. Con estas disposiciones Barroso rompía la tradición familiar, por la que los miembros de su familia pedían ser enterrados en la iglesia de Santa Quiteria; para Manuel Rubio Herguido, esta elección demuestra el cariño que Barroso profesó a San Francisco de Alcázar, que debió de ser el punto de partida de su vida artística. 

El 25 de octubre de 1619 el Ayuntamiento decretaba que hubiera dos cátedras más: la de Gramática y la de Artes, para ello ayudó con 250 ducados y 900 reales para la obra. Estudios, que fueron impartidos con frecuencia por profesores de la Universidad de Alcalá de Henares. 

En 1834, cuando la exclaustración vivían en él ochenta religiosos, que tuvieron que huir, fue cerrado junto con la iglesia. La iglesia del convento de San Francisco, solamente estuvo 9 años cerrada y en su reapertura en 1844 fue agregada a Santa María. En 1858 se subastó el derribo del convento. En 1883 se subastó el terreno adjudicándoselo en lotes varios vecinos, a los que el Ayuntamiento compró muchos carros de piedra para el acerado. Con ello, desapareció el que fue uno de los conventos franciscanos más importantes de España.

Del siglo XIX cabe recordar también a dos frailes nacidos en Alcázar: fray Patricio Panadero (1851) y fray Indalecio Casero (1862), ambos zapateros de oficio antes de tomar el hábito franciscano —Panadero en el taller del tío Eloy, donde le pusieron el apodo de “Chato Serrín”, y Casero en el de Francisco Vaquero—. Panadero llegó a ser Procurador General de la Orden por España y Rector de la iglesia romana de San Pedro in Montorio; Casero fue Rector del colegio de Arenas de San Pedro y dejó dos tomos de sermones inéditos en la Orden. En 1899 los padres franciscanos reabrieron la iglesia de San Francisco.

(Bibliografía: Manuel Rubio Herguido, Alcázar de San Juan. Corazón de la Mancha, Editorial Clunia, 1983; Juan Antonio Martín de Almagro, Presencia de la provincia de Ciudad Real en el descubrimiento y conquista de América, Daimiel, 1974; Rafael Mazuecos Pérez-Pastor, Hombres, Lugares y Cosas de La Mancha, fasc. IV, 1955; Manuel Rubio Herguido, Canfali, 1987.)