Las ermitas desaparecidas de Alcázar
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Además de sus parroquias y conventos, Alcázar contó con un buen número de ermitas y capillas que el tiempo, la desamortización o la ruina hicieron desaparecer. De algunas apenas queda el recuerdo de su advocación; de otras, el edificio transformado en otra cosa. Éstas son las que documentan las fuentes locales.
Ermita de Nuestra Señora de Valvanera
La advocación mariana de Valvanera es de origen riojano y poco habitual en tierras manchegas. Fue propagada durante los siglos XVI y XVII por España y América por los monjes benedictinos, y la casa de Austria fue muy devota de ella.
En Alcázar se tiene noticia de la ermita a partir del siglo XVII. En ella se rendía culto a Nuestra Señora de Valvanera y al evangelista San Marcos, cuya celebración sigue viva en la villa. Se ubicaba en las afueras, en la zona de los cerros de San Marcos.
Ermita de Santo Domingo Soriano
La capilla de Santo Domingo Soriano fue fundada por don Diego de Sanabria y doña Mariana de la Torre, realizándose por intercesión de don Juan de Austria. Se empezó a construir en 1659 y en 1669 se dijo por primera vez misa cantada en ella.
Formaba parte de una antigua casa noble del siglo XVII perteneciente a la familia Sanabria, que tenía la ermita adosada. Es un edificio de gran sencillez, cuyo principal elemento ornamental es la fachada-retablo, de estilo barroco muy efectista, en la que se encuentra el escudo nobiliario de la familia.
Al pertenecer Alcázar al Priorato de San Juan, la ermita estaba sujeta al Prior de Santa María: carecía de campana, tribuna, balcón y ventanas, y no podía decirse misa ni celebrarse fiesta alguna en ella sin su permiso. En esta capilla estuvo, al parecer en sus inicios, la Archicofradía del Rosario que después se trasladó a Santa Quiteria. El edificio se conserva hoy como Museo Municipal.
Ermita del Humilladero o del Sepulcro
En esta pequeña ermita o humilladero, que ya existía en el siglo XVII, se hacía la tarde del Viernes Santo el acto del “desenclavo y sepultura de Cristo”. Previamente se realizaba una procesión con la imagen del Cristo de la Cruz —una imagen articulada—, acompañada de la de Nuestra Señora de la Soledad, que partía de la Iglesia de Santa María la Mayor.
Tras el desenclavo se depositaba la imagen de Cristo en una urna y, junto con la cruz vacía y la Virgen de la Soledad, se volvía de nuevo en procesión hasta Santa María. Este acto lo protagonizaba la Cofradía de Clérigos del Santo Entierro. Tanto el desenclavo como esta forma de celebrar la procesión del Santo Entierro se dejaron de hacer a partir de 1835, al desaparecer la cofradía por causa de la desamortización.
La ermita se encontraba en las afueras, a los pies del cerro de la Horca —hoy cerro de San Isidro—, en su lado sur, muy cerca de la actual vía del ferrocarril. Con el paso de los años y su falta de uso, la edificación desapareció.
Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles
En 1770, el infante don Gabriel Antonio de Borbón y Sajonia, hijo de Carlos III y Gran Prior de la Orden de San Juan, viendo que la Casa de la Caridad resultaba insuficiente para atender las necesidades hospitalarias de la villa, dispuso la creación de un nuevo hospital en unas casas de la calle Jesús Romero pertenecientes a la Orden, lindantes con la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, que serviría como capilla del propio hospital. El centro, conocido popularmente como el Hospitalillo, se abrió el 22 de octubre de 1786, y el edificio alberga hoy el Conservatorio de Música. En el Ayuntamiento se conserva un retrato al óleo del infante con las Ordenanzas del Hospital en la mano.

La imagen de Nuestra Señora de los Ángeles desapareció durante la guerra civil.
La ermita fue expropiada por la ley de desamortización, y en 1861 la propiedad del hospital pasó al Ayuntamiento de la ciudad; en 1883 fue cedida a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que la tuvieron hasta 1908. Durante la guerra civil fueron destruidas tanto la ermita como su imagen titular.
Su devoción popular era muy característica: los fieles ofrecían a la imagen platos de candeal recién brotado y botes de albahaca. La fiesta se celebraba el 15 de agosto y se iniciaba la noche anterior con una gran hoguera, cohetes y música, y había costumbre de cubrir con farolillos de papel de colores aquel trozo de la calle de Santa María. La función, solemne y concurrida, se celebraba en Santa María, adonde se llevaba la imagen procesionalmente. La capilla, notable por su sencillez, se adornaba aquel día con los botes de albahaca y los platos de candeal nacido, que cubrían por completo la escalinata que servía de pedestal a la imagen, visible desde la puerta de la calle, cuyo dintel ocupaban toda la tarde los fieles que iban a depositar su limosna. Vulgarmente se la llamaba “la Virgen de las trampas”, por ser el día de su fiesta aquel en que, por costumbre antigua, se pagaban las deudas después de recoger las cosechas.
Ermita del Santo Ángel
Dedicada al Santo Ángel de la Guarda, se edificó en el siglo XVIII por mandato de don Diego de Alburquerque junto a su casa solariega, al final de la calle Jesús Romero, muy cerca de la iglesia de Santa María la Mayor y frente a la Casa de la Gobernación. Cercano a ella se encontraba el arco de entrada a la plaza de Palacio, conocido como Arco del Palacio o del Ángel. La ermita desapareció en el siglo XIX.
Como en la calle Jesús Romero se ubicaban tanto esta ermita como la de Nuestra Señora de los Ángeles, se extendió una coplilla popular que decía: “Calle de Santa María, más hermosa que ninguna, que a la entrada tiene el sol y a la salida la luna”.
Capilla de la Bolsa
Recibe su nombre de la plaza donde estuvo ubicada, que a su vez lo tomaba de una antigua casa de labor conocida como “casa de la bolsa”. La capilla ya existía en el siglo XVIII y en ella se veneraban el Santo Crucifijo y San Bartolomé, santo invocado como protector de las tormentas y de los males de parto, y patrono de los carniceros por haber sufrido martirio siendo degollado. Tuvo culto público bajo la jurisdicción del Prior de Santa María la Mayor y desapareció en el siglo XIX.
Ermita y Hospital de Nuestra Señora de la Caridad
Conocido también como “Casa de la Caridad”, es uno de los hospitales más antiguos de los que se tiene noticia en Alcázar. Era propiedad de la Orden de San Juan y estaba regentado por la Cofradía de Nuestra Señora de la Caridad, que aparece citada en el testamento de doña Teresa de Mendoza recibiendo donaciones. Se encontraba situado en la actual calle Canalejas.
La capilla del hospital, conocida como capilla de la Caridad, tenía a la izquierda del altar mayor un locutorio que la unía con la casa del señor Conde de las Cabezuelas, para que éste y su familia pudieran oír misa desde su domicilio, privilegio que tenía concedido la casa.
El hospital y la capilla sufrieron la desamortización de Mendizábal de 1835, y en 1864 pasaron a manos de don Antonio Tapias, que acabaría añadiéndolos a su casa.
Ermita de la Santa Veracruz
La cofradía de la Veracruz, surgida al calor de la predicación franciscana, contó con capilla o ermita propia en la calle de San Francisco, donde se veneraban las imágenes del Cristo de la Veracruz, Jesús orando en el Huerto, el Cristo de la Columna y la Virgen de la Soledad. Con la desamortización de Mendizábal, en 1836, desapareció la cofradía: las imágenes pasaron a la parroquia de Santa Quiteria y la capilla fue expropiada, pasando a manos privadas. Su historia se cuenta con más detalle en Las cofradías penitenciales y la Santa Veracruz.
Ermita de Santa Ana
La devoción a la madre de la Virgen María está muy arraigada en todo el pueblo cristiano, y en Alcázar se concentró en torno a la imagen de Santa Ana que se veneraba en la ermita del mismo nombre, situada en la calle homónima. Debió de tener su origen en el siglo XV o XVI. Según las descripciones conservadas era un templo grande, de tres naves, de once varas de ancho y veintiuna de largo, dividido en cinco tramos, aunque construido con materiales muy pobres.
Su final ilustra bien el conflicto de jurisdicciones que atravesó la historia religiosa de la villa. En 1745 la ermita presentaba estado ruinoso, y la imagen de Santa Ana fue trasladada, junto con su retablo, al vecino monasterio de San José. El vicario del monasterio, Fray Francisco Cuesta, elevó una súplica de ayuda al Prior de la Orden de San Juan, el infante don Gabriel Antonio de Borbón, quien le mandó dirigirse al arzobispado de Toledo; éste contestó negativamente, alegando no ser de su competencia por ser Alcázar dignidad del Priorato de San Juan. El vicario, que no se rindió, acudió entonces a don Hipólito González, vicario del Prior, del que obtuvo una negativa definitiva: este tipo de construcciones son de los fieles, y su Alteza no tenía ni podía tener obligación de reconstruir la ermita, aun estando dentro de su Priorato.
Así las cosas, en 1762 la ermita acabó viniéndose abajo y se retiraron los restos que quedaban en pie. La parte más noble de su fábrica, la puerta principal labrada en piedra, no se perdió: se trasladó a la parroquia de Santa María la Mayor, donde sirve de pórtico a la capilla del Santísimo.
Ermita de Santiago Apóstol
Desapareció en el siglo XIX, con toda probabilidad por causa de la desamortización de Mendizábal, pasando la imagen de Santiago Apóstol a la parroquia de Santa Quiteria.
La ermita de la Concepción
Mención aparte merece la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción, donde Alcázar hizo su voto a la Inmaculada y en torno a la cual se levantó el Monasterio de Santa Clara. Su historia puede leerse en El Monasterio de Santa Clara.
(Bibliografía: Francisco Antonio Mazuecos Serrano, Semana Santa 2009; Manuel Rubio Herguido, Alcázar de San Juan. Corazón de la Mancha, Editorial Clunia, 1983.)