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El Monasterio de Santa Clara

Información

La ermita de la Inmaculada

Donde hoy se alza el Hotel-Convento Santa Clara estuvo la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción, ya desaparecida, muy venerada en toda la comarca. En ella realizó Alcázar, el 28 de agosto de 1470, el primer voto o juramento a la Purísima Concepción, motivado por una plaga de langosta. Desaparecida ésta, el pueblo olvidó el voto; y cuando la langosta volvió en 1546, el Concejo y Universidad lo renovaron solemnemente el 8 de septiembre de aquel año, con el pueblo entero en procesión desde la parroquia de Santa Quiteria.

La fundación del monasterio

Cuando estas noticias llegaron al Monasterio de San Juan de la Penitencia de Toledo, vivía allí una religiosa alcazareña, Sor Francisca de la Cruz, quien decidió fundar en su pueblo un monasterio, junto a Sor María Hernández, “la peregrina de Cristo”. Para ello pidieron a los alcazareños que les cedieran la Ermita: la petición se realizó ante el escribano de Toledo en julio de 1556, comisionado Francisco Cortés, capellán de la Capilla del Obispo de Ávila, y en junio de 1557 el Concejo de Alcázar cedió la Ermita y los bienes anejos a ella.

A petición de la misma villa, la licencia para fundar el Monasterio la dio el 20 de mayo de 1564 en Madrid el Gran Prior de San Juan en estos reinos de España, D. Frey Antonio de Toledo, mediante su secretario Jerónimo de Galoza. En virtud de esta licencia, la Venerable Sor Francisca de la Cruz tomó posesión de la Ermita, con las solemnidades acostumbradas, el 23 de mayo de 1564.

De religiosas franciscanas a la Regla de Santa Clara

En 1565 el Provincial de los Franciscanos, Fr. Juan Aguilera, tomó posesión del Convento en nombre de la Provincia franciscana de Cartagena y nombró vicario y confesor de las monjas a Fr. Francisco Velázquez, miembro de la comunidad de San Francisco. En 1590, como resultado de la aplicación de los decretos del Concilio de Trento, que imponían la clausura a las comunidades de religiosas, el monasterio pasó a formar parte de la Segunda Orden franciscana, profesando sus monjas la Regla de Santa Clara, de donde tomó el nombre, aunque fue más conocido por el de “La Concepción”, debido a la Ermita de la Inmaculada.

A las monjas clarisas, procedentes de Toledo, que se encargaban de cuidar la ermita, se les atribuye la receta de las famosas tortas de Alcázar.

El Convento de San José

Fundado en 1564 el Convento de Santa Clara, pronto se quedó pequeño por las muchas novicias que recibía, por lo que se construyó, en torno a lo que se conoce como el granero de las monjas, en la calle de San Antonio, un nuevo monasterio bajo el nombre de San José, mandado construir por la alcazareña doña María Díaz Pedroche en 1601.

La fundación fue aprobada por la Provincia de Cartagena en el Capítulo Provincial de noviembre de 1601, iniciándose seguidamente las gestiones para obtener la oportuna licencia del Gran Prior, D. Antonio de Toledo, que la dio con fecha de 28 de enero de 1602. El monasterio, convenientemente dotado por la fundadora, comenzó su andadura el 23 de mayo de ese año en la casa de esta, siendo sus primeras religiosas tres clarisas del convento de la Concepción de la misma villa de Alcázar, por ser ésta una de las condiciones impuestas por María Díaz. Su iglesia fue bendecida en 1605, dedicándose a San José tanto la iglesia como el convento.

El Monasterio de San José estuvo siempre bajo la jurisdicción de la Provincia franciscana de Cartagena, y tuvo como vicario a uno de los religiosos del Convento de San Francisco, designado al efecto por el gobierno de la Provincia franciscana.

La desamortización y el cuartel

La ermita creció hasta convertirse en una “hermosa iglesia” que fue respetada por la desamortización de Mendizábal y por la exclaustración de 1835, por ser uno de los conventos que, según el Concordato, había que conservar. No la salvó, sin embargo, el impulso liberal de la segunda mitad del siglo: el 29 de noviembre de 1868 el Convento fue cedido al Ministerio de la Guerra para la instalación de un cuartel.

El beaterío de la Castellana

A finales del siglo XVI, doña María Díaz Castellanos, “la castellana”, fundó en sus casas un beaterio: una comunidad de mujeres piadosas que, sin ser monjas, vestían hábito, sin estar sujetas a ninguna regla ni orden religiosa, únicamente al Prior de San María. Esta comunidad se dedicaba a la enseñanza de niños pobres y a la atención de personas enfermas.

(Bibliografía: Francisco Antonio Mazuecos Serrano, Semana Santa 2009; Ortega, Crónica I, 271; José Álvarez y Julio Herranz, El Convento de San Francisco y los franciscanos en Alcázar (1532-2009); Manuel Rubio Herguido, Alcázar de San Juan. Corazón de la Mancha, Editorial Clunia, 1983.)