Fray Tomás de la Virgen

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Aunque no nació en Alcázar, pocas figuras han pesado tanto en su historia religiosa: sin la intervención del venerable Fray Tomás de la Virgen, el Convento de la Santísima Trinidad probablemente nunca se habría fundado.
Rodrigo, el hijo de una casa que se quedó sin nada
Nació en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) el 21 de enero de 1587, en la actual calle Cidas número 7, y su nombre de pila era Rodrigo. Fueron sus padres Juan Tomás de Bustos y María Sánchez Mexía, y era sobrino-nieto de Santo Tomás de Villanueva. En el momento de su nacimiento la familia era pudiente, pero muy joven se vio sumido en la pobreza, ya que entre su padre y Santo Tomás regalaron todos sus bienes a quienes nada o poco tenían.
Tomó el hábito de trinitario descalzo en abril de 1606, de manos de San Juan Bautista de la Concepción, el reformador de la Orden. Terminado su noviciado en Madrid, recibió los votos perpetuos en 1607 y partió para Córdoba, donde, en unas casas ruinosas junto a la ermita de la Virgen de Gracia, apoyadas en las murallas árabes, encontró junto con otros cinco hermanos un trozo de tierra que pisar.
Treinta y cuatro años en una celda
Una madrugada, estando en oración, concentró su espíritu para fijarlo en Dios con tal intensidad que el esfuerzo le provocó una hemoptisis al filo de la muerte. Un mes después, aparentemente repuesto y forzado por su voluntad indomable, mendigaba como limosnero en Bujalance cuando se recrudeció su terrible mal, un mal extraño con apariencia de tuberculosis. Cargó con él, en cortas jornadas, desde Córdoba a su Mancha, y desde su tierra a Madrid, hasta quedar cosido a la enfermedad definitivamente por espacio de treinta y cuatro larguísimos años.
Y sin embargo, desde aquella celda gobernó media Europa espiritual. “A Fray Tomás le conocían en el mundo entero. Parecía ignorante y de él hablaban en todos los idiomas. No salió de su celdita y estaba presente en todas partes. Apenas podía hablar y respondió a millones de preguntas”. El papa Urbano VIII ordenó a todos sus nuncios en España que no determinaran nada sin consultar primero con él, y entre el palacio real y su celda hubo cartero expreso, con frecuencia muy ocupado. Como no admitió a los reyes en su celda, la reina ordenó a su pintor que retratara sus facciones y, hecho el cuadro, lo entronizó en sus habitaciones y acudía muchas veces al día a dialogar con la figura, como si lo hiciera con la misma persona del enfermo.
Su intervención en Alcázar
Esa influencia fue decisiva para Alcázar. Cuando la fundación del convento trinitario llevaba años atascada entre pleitos —el Real Consejo en contra, la Junta de rentas del Priorato en contra y el propio Gran Prior don Juan de Austria ordenando que no siguiera adelante—, fue Fray Tomás quien hizo valer su ascendiente ante Felipe IV y ante la reina Isabel de Borbón, que tenía en gran estima a la Orden Trinitaria. Según los cronistas, tuvo además una revelación en la que se le aseguraba que la fundación saldría adelante, convencimiento que dejó escrito en una carta fechada el 15 de abril de 1635 y firmada en Alcázar.
Las cartas que el rey recibió de su mano en Zaragoza, cuando las guerras de Cataluña le habían llevado allí, están en el origen de la Real Cédula de 1646 que permitió a los trinitarios recuperar su convento. Toda esa historia puede leerse en la ficha de la Iglesia y Convento de la Santísima Trinidad.
Muerte y reconocimiento
Murió en Madrid el 7 de octubre de 1647, y a su entierro acudió, por su fama de santidad, lo más selecto de la Corte. “Ante su cuerpo deshecho se descubrieron coronas, se rompieron espadas y rodaron lágrimas”. Santo lo llamaron siempre todos, y se decía que Dios le había herido con todas las enfermedades y para toda su vida, concediéndole a la vez todos los dones del cielo.
Sus virtudes, practicadas en grado heroico durante toda su vida, fueron reconocidas por el papa Pío VII el 22 de septiembre de 1805.
