Alcázar, capital del Priorato de San Juan
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El siglo de oro alcazareño
Es el siglo de oro alcazareño el siglo XVI: con la decadencia de la villa de Consuegra, Alcázar se convierte en capital del Priorato de San Juan, y en este mismo siglo se crea en Alcázar la fábrica de pólvora, la más importante del reino. En 1530 contaba con 18.480 habitantes, viviendo en ella gente muy rica y principal, de la que la mayoría pertenecía a la Corte. Se dieron nombres como Cervantes, Valdivielso y Díaz Morante, tres alcazareños amigos; Barroso y Sánchez Cotán, pintores; Juan Cobo y Diego de Torres Rubio, maestros en las Indias orientales y occidentales, uno de la lengua china y otro del quechua.
El Gobernador y Justicia Mayor
A partir del siglo XVI, dicen algunos diccionarios, Alcázar fue residencia de los Grandes Priores; pero esto no sucedió así. El Gran Prior tenía demasiada categoría para permanecer encerrado en un pueblo y dejar de intervenir en las cuestiones políticas, por eso residía en la Corte. En el Priorato había un representante suyo, caballero del Hábito de San Juan, con el título de Gobernador y Justicia Mayor; algunos se agregaban el de Lugar Teniente del Gran Prior.
Luego las Leyes Pragmáticas prohibieron el nombramiento de Gobernadores en favor de los Caballeros de San Juan, pero todos transigían, pues no sería muy del agrado del Gran Prior excluir a sus Caballeros del cargo más importante del Priorato. Todos, excepto los alcazareños: cuando el Gobernador pretendía abusar de su autoridad y prerrogativas, recurrían al Consejo Real y revocaban estos nombramientos. Así ocurrió muchas veces en el siglo XVII, y en 1728 se dio una Real Provisión en favor de la villa de Alcázar «para que no se nombre Gobernador del Priorato a Caballero de la Orden».
Los Grandes Priores del siglo XVII fueron Manuel Filiberto de Saboya, sobrino de Felipe II; don Diego Brochero; don Bernardino de Zúñiga; don Fernando Carlos, el cardenal infante, hermano de Felipe IV; don Iñigo de Belandio Arcel y Arellano, y don Fernando Francisco de Escobedo.
Del poder de aquellas dos figuras queda constancia en la piedra: en la fachada del Torreón que da a la plaza Palacio, una inscripción recuerda que en 1618 se le añadió el piso con ventanas de piedra durante el reinado de Felipe III, a los trece años del pontificado de Paulo V, siendo Gran Prior de la Orden de San Juan el príncipe don Manuel Filiberto de Saboya, sobrino de su majestad, y Gobernador y Justicia Mayor de estos Prioratos, por su Alteza, el licenciado don Alonso Leandro de Herrera y García. En ese mismo palacio de la Orden, cuyos restos se conocen hoy como Torreón de don Juan de Austria, estuvo desterrado por razones políticas, entre 1665 y 1670, el príncipe don Juan José de Austria, hijo de Felipe IV y de la actriz María Calderón, “la Calderona”.
El palacio contaba con su propia capilla, la llamada Capilla de Palacio. En 1804 se decidió construir junto a ella el cementerio de San Juan, destinado a los enterramientos de los fieles de la parroquia de Santa María, y la capilla pasó a servir a dicho cementerio hasta que en 1870 se creó el actual cementerio municipal. En su patio aparecieron unas piedras de alabastro con el escudo del Gran Prior y una inscripción, muy deteriorada y difícil de leer, en la que se decía que aquellas piezas pertenecían a una fuente del Palacio.
La guerra por el Priorato
Al terminar la Reconquista, la dignidad de Gran Prior se convirtió en un título honorífico y lucrativo por el que lucharon entre sí los Grandes de España, quienes ya en 1470 se lo arrebataron a don Juan de Valenzuela para entregarlo a don Álvaro de Zúñiga, del ducado de Béjar, al que sucedió don Antonio de Zúñiga. Don Fadrique, duque de Alba, reclamó a Fernando el Católico, para su casa, la dignidad de Gran Prior, por los muchos servicios que le había prestado; el Rey nombró a don Diego de Toledo prior de Castilla y León.
A la muerte del Rey Católico, el duque de Béjar pidió al Cardenal Cisneros y a Carlos I la posesión del Priorato; éstos accedieron a su petición; pero la Casa de Alba no estaba dispuesta a dejarlo, y Cisneros se vio obligado a formar un verdadero ejército para recuperarlo. Al mando de las tropas puso a don Hernando de Andrada; don Diego de Toledo reunió todos los efectivos de la Casa de Alba y se refugió en Alcázar y, considerando que no estaba bien protegido aquí, se atrincheró en el castillo de Consuegra. Los pueblos del Priorato quedaron desguarnecidos y se fueron entregando a las tropas del Cardenal. En Consuegra se aprestaron a la lucha y, para dar a entender que estaban dispuestos a resistir hasta última hora, llenaron de ataúdes las murallas del castillo; sin embargo, se rindieron también antes de presentar batalla.
No terminaron con esto las disputas, que siguieron con intervención del Papa y del Gran Maestre de Rodas. Muerto el Cardenal Cisneros, el rey Carlos I, para terminar con las reivindicaciones de unos y otros, dividió el Priorato: dio Castilla a don Diego de Toledo, con sede en Consuegra, y León a don Antonio de Zúñiga, que tenía a Alcázar como cabecera. A don Antonio de Zúñiga le sucedió don Antonio de Toledo y a don Diego, don Fernando de Toledo, continuando dividido el Priorato, pero ya en manos de la Casa de Alba.
La pugna de jurisdicciones
De aquella doble cabeza —el Gran Prior de San Juan y el Arzobispo de Toledo— nació la pugna de jurisdicciones que marcó la vida religiosa de la villa durante siglos. El cronista franciscano la retrató así: «…y sobre este punto de jurisdicciones están divididos los pareceres de pueblo, con demasiado, si no ya con extremadísimo afecto, abogando unos en favor de la jurisdicción archiepiscopal y otros por la de la Orden; pero todos con mucho exceso de posición…». En la parte de Santa María estaba el Gobernador, lugar teniente del Gran Prior, y en la de Santa Quiteria el Vicario Apostólico, representante del Arzobispo de Toledo, en continua disputa por las competencias.
Por el Arzobispo de Toledo había también en el Priorato un Vicario para velar por sus derechos y competencias, pero como cada cual pretendía tener más prerrogativas que el otro, eran frecuentes las desavenencias, hasta que en diciembre de 1698 decidieron establecer una Concordia, en cuyo preámbulo se lee:
«Sentados unos y otros de la dilatada guerra de casi dos siglos, lastimados de los escándalos e inquietudes que habían causado, deseosos de restablecer en el Priorato la paz de que estaban despojados aquellos naturales, resolvieron ambas dignidades transigir y concordar sus respectivas pretensiones, extinguiendo los pleitos pendientes y dando forma para que, en el futuro, se evitasen los graves perjuicios pasados».
A pesar de estos buenos propósitos, en uno de sus artículos, después de dar minuciosas reglas e instrucciones sobre la manera de obrar los visitadores en sus desplazamientos a los diversos pueblos, les aconsejaba que no coincidiesen en la misma población. Esta historia puede leerse también en la ficha de la Iglesia de Santa Quiteria.
El siglo XVIII: de orden religiosa a mayorazgo de infantes
En el siglo XVIII la Orden Hospitalaria pierde su carácter religioso y se convierte en Orden de nobles, y el Priorato llega a ser un mayorazgo de infantes y príncipes. Carlos III nombró Prior de San Juan, en 1765, a su hijo Gabriel Antonio de Borbón, constituyendo lo que llamaron un mayorazgo en beneficio de la familia real, aunque en realidad cumplía un Breve Pontificio que concedía al infante y a sus sucesores la administración del Priorato con la condición de residir en España.
Aquella doble condición del Gran Prior queda retratada en el arranque de las Relaciones Topográficas:
«Esta ilustre Villa es cabeza de Partido y del Priorato de San Juan de Castilla y León. Pertenece al Serenísimo Señor Infante D. Gabriel, como Gran Prior de la Religión de San Juan, quien es Señor de lo temporal como anejo a la dignidad de Gran Prior de dicha Religión y juntamente ejerce parte de la jurisdicción espiritual, porque, aunque por los Grandes Priores de dicha Religión se ha solicitado la omnímoda jurisdicción espiritual, siempre se ha resistido la dignidad arzobispal a concederla».
Esa resistencia del arzobispado a ceder la jurisdicción espiritual completa es la clave de los conflictos que atravesaron toda la historia del Priorato. Cumpliendo otro Breve Pontificio, en 1772 se estableció en Alcázar la capitalidad del Priorato, y en 1786 la villa gozaba de independencia, tanto eclesiástica como jurídica, de la capital de Toledo, teniendo a su cargo dieciséis villas, cinco aldeas, cuatro castillos y once encomiendas. Madoz detalla que su jurisdicción se extendía a Herencia, Villarta, Arenas, Madridejos, Consuegra, Urda, Quero, Villafranca, Camuñas, Villacañas, Tembleque, Turleque y Argamasilla de Alba, más las aldeas de Puerto Lápice y las Labores.
Fueron Grandes Priores en este siglo don Carlos de Lorena; don Fernando de Borbón, que luego reinó como Fernando VI; don Felipe de Borbón; don Gabriel Antonio de Borbón, hijo de Carlos III, y don Pedro Carlos de Borbón, primo de Fernando VII; ya en el siglo XIX lo sería don Sebastián de Borbón y Braganza.
Al infante don Gabriel se debe también el encargo, al entonces alférez Domingo Aguirre, de la Histórica descripción del Priorato de San Juan de Jerusalén en Castilla y León (1769), que contiene la primera imagen conocida de Alcázar; y la fundación en 1770 del Hospital de Nuestra Señora de los Ángeles, que tuvo por capilla la ermita del mismo nombre.
El fin del Priorato
En 1808 los franceses invadieron España y se llevaron a la familia real. Era Prior de San Juan don Pedro Carlos de Borbón, primo de Fernando VII. La proclamación del nuevo rey se hizo en las capitales de provincia, y en Alcázar, como capital que era del Priorato, se celebró el 15 de septiembre de 1808, con fiestas durante los tres días siguientes. Se levantaron escenarios en la plaza Vieja, en la del Altozano, en la de la Aduana y en la de Santa Quiteria, y se invitó al Vicaregular, a la nobleza y oficialidad militar, a un diputado por cada una de las trece villas del Priorato y a los militares retirados. Se bordó un Pendón Real nuevo, con las armas del Rey en un lado y en el otro las del Gran Prior. La comitiva se formó en la plaza de Santa María, frente a las Casas de Gobernación, y en cada escenario el Gobernador, tremolando el Estandarte Real, repitió por tres veces “Castilla por Fernando VII”.
Aquellos actos no los olvidaron los franceses. El llamado José Napoleón I, Rey de España y de las Indias, dio el 10 de abril de 1810 un Decreto para ordenar el territorio nacional en el que se establecía que Alcázar fuese una simple municipalidad dependiente de la Prefectura de Ciudad Real. Con ello la villa perdía su categoría de cabeza de partido y del Priorato y pasaba, además, a la provincia de Ciudad Real, cuando históricamente había pertenecido siempre a la de Toledo.
Conviene precisar que éste, y no antes, es el momento en que Alcázar pasó a la provincia de Ciudad Real. El error contrario procede de la Descripción de Ciudad Real en el siglo XVIII, donde se escribió Alcázar donde debía decir Alcaraz: la provincia de La Mancha se constituyó en 1691 con los partidos de Alcaraz, Almagro, Ciudad Real e Infantes. En el siglo XVIII, Alcázar y su partido gozaban de una autonomía tal que todos los escritos de la época se dirigían al “Señor Gobernador de la Provincia de Alcázar de San Juan”.
Por las leyes de desamortización fueron incautados todos los bienes de la Orden y vendidos en pública subasta. Y en 1851, un Concordato entre el Gobierno español y la Santa Sede creó la Diócesis nullius de Ciudad Real con el nombre de Obispado Priorato de las Órdenes Militares, en memoria de aquellas instituciones. En aquel Concordato ni siquiera se menciona a la Militar Orden de los Caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén, cuyo nombre desapareció también oficialmente en España porque era, dijeron, extranjera y su Prior no residía aquí. El último Gobernador del Priorato fue don José Jofre de Villegas.
(Bibliografía: Manuel Rubio Herguido, Alcázar de San Juan. Corazón de la Mancha, Editorial Clunia, 1983; José Álvarez y Julio Herranz, El Convento de San Francisco y los franciscanos en Alcázar (1532-2009).)