El yacimiento de Santa María y la villa romana
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Bajo el barrio de Santa María, en torno a la iglesia, el Torreón y El Cubillo, se extiende el yacimiento arqueológico más importante de Alcázar: los restos de una gran villa romana sobre la que se fueron superponiendo, sin solución de continuidad, las ocupaciones islámica, medieval cristiana y la ciudad actual.
Un hallazgo fortuito
El arqueólogo González Simancas, que dirigió las excavaciones de Sagunto y trabajó en Ocaña en 1932 y 1933 buscando el Vicus Cuminarius, dejó anotado en su memoria un detalle revelador: había visto en las afueras de Alcázar, junto al ruinoso castillo, un mosaico romano de grandes dimensiones. Nadie le prestó demasiada atención.
Hubo que esperar a 1952 para que, con motivo de unas obras de alcantarillado en las calles del Carmen y de Gracia, aparecieran de forma fortuita varios mosaicos romanos.
Las campañas de excavación
Se decidió excavar el yacimiento bajo la dirección arqueológica de J. San Valero Aparisi. En sucesivas campañas salieron a la luz unos 400 m² de mosaicos, uno de ellos de más de 90 m², a unos 60 cm bajo el nivel de la calle. Los muros de las habitaciones estaban arrasados —en algunos puntos no alcanzaban los 30 cm de alzada— y tenían entre 50 y 60 cm de grosor, construidos con piedra de arenisca loca y recubiertos en algunos casos con estucos pintados que conservaban vestigios de su antigua decoración polícroma. En la cercana calle de Gracia apareció un sector del hipocaustum, el sistema de calefacción de la casa o tal vez de unas termas. La casi total ausencia de elementos arquitectónicos como columnas se atribuyó al saqueo que debió de sufrir el establecimiento. La excavación era muy difícil, porque los restos se extendían bajo los edificios de trece calles.
En 1982, unas obras de cimentación en la calle del Carmen pusieron al descubierto dos nuevos mosaicos, con 40 m² de superficie, junto a cerámicas —terra sigillata, común romana y medieval—, tejas, agujas de hueso, ruedas de molino y estucos. En 1985 aparecieron dos pasillos de un peristilo, también pavimentados con mosaicos.
Las campañas de 1992 y 1993 se desarrollaron ya en la plaza del Torreón de Don Juan de Austria, junto a la iglesia de Santa María y El Cubillo. Demostraron la existencia de estructuras y objetos que atestiguan una amplia secuencia de habitabilidad, con algunas interrupciones prolongadas, desde época romana hasta nuestros días, con materiales descontextualizados de la Edad del Bronce y de la etapa ibérica. En 1993 se llegó hasta cinco metros de profundidad, tomando El Cubillo como cota cero: el excelente estado de conservación de los muros y la abundancia de materiales —cerámicas de importación, monedas, objetos metálicos, vidrios, fragmentos de alabastro, estucos pintados— pusieron de manifiesto el valor de los restos.
Aún en 2008, unas obras de canalización en la calle Juan de Austria sacaron a la luz una estructura de gran anchura, entre 1,70 y 2,30 metros, que los arqueólogos identificaron como posible muralla romana o islámica, idéntica a la hallada tiempo atrás en el número 1 de la calle Gracia. La zona está catalogada como lugar de especial interés por su proximidad al yacimiento de Santa María.
Una residencia monumental
De todo ello se infiere que se trataba de una espléndida residencia monumental, lujosamente construida y decorada, donde sus privilegiados usuarios disfrutaban de todo tipo de comodidades, incluido un sistema de calefacción. El hallazgo de numerosos dientes de trillo de sílex sugiere la práctica de labores agrícolas, y los fragmentos de ánforas y dolia —grandes envases cerámicos— hablan del almacenamiento y transporte de vino, aceite y grano.
La datación de los mosaicos se sitúa entre los siglos II y IV d.C., y la Real Academia de la Historia dictaminó que “los restos arqueológicos de Alcázar pertenecen al siglo IV”. La cerámica más característica es terra sigillata hispánica de los talleres de Tricio, elaborada a finales del siglo III o en el IV.
A la fase romana suceden ocupaciones medievales, tanto hispanomusulmanas como cristianas, de las que proceden gran parte de los materiales recuperados: candiles, útiles y herramientas metálicas.
Los mosaicos
Los mosaicos sacados a la luz en 1953 y 1982 son composiciones de marcado geometrismo en las que se combinan las figuras geométricas con motivos vegetales y florales esquematizados, con un tratamiento decorativo muy elaborado, diseño armonioso y cuidada factura. Son de gran calidad técnica y su ejecución parece responder a un programa unitario, producto de un solo taller musivario, aunque no consta la firma de los mosaístas contratados por los propietarios de la villa. Están fabricados con teselas de diferentes tamaños y brillantes tonalidades, dominando el blanco, el negro, el rojo, el amarillo, el azul, el verde, el siena, el morado y el gris. Varios de ellos se exponen hoy en el Museo Municipal.
Bajo la iglesia
Este sustrato explica algunos elementos que aún hoy pueden verse en la Iglesia de Santa María la Mayor: las primeras columnas de la nave, hundidas en el suelo más de medio metro y con capiteles trapezoidales de tipo oriental, atribuidas a una construcción anterior, y las placas colocadas a ambos lados del ábside, halladas precisamente en las excavaciones.
(Bibliografía: Carmen García Bueno, “Consideraciones sobre la villa romana de Alcázar de San Juan”, Tesela nº 3, 1997; Carlos López-Bonilla Rodríguez, Una descripción de Alcázar de San Juan en el siglo XVIII, Instituto de Estudios Manchegos, 1951; Lanza Digital.)
